Un año después…

Parece que fue ayer y a la vez parece que hubiesen pasado varios siglos desde nuestra llegada a Alaska, ese momento que cambió nuestras vidas y un poquito también la vida de muchos de los que siguieron esta aventura durante los mil días y una semana que duró. Llegar a Alaska fue la demostración firme de que cualquier sueño es posible. Y eso, en los días que corren, no es poco.

Atravesar diecisiete países manejando una limusina era un reto muy grande, sobrevivir sin mayores daños parecía una locura. Y eso fue lo más lindo de todo, lo que más nos emocionó al llegar fue demostrarnos y demostrar que el mundo es de los locos. La trompada que le pegue al cartel de madera de “Welcome to Alaska” fue por algunos de ustedes, que por razones que no vienen al caso siguen creyendo en los imposibles. Fue por la alegría de llegar a buen puerto y la impotencia  de saber que el camino se terminaba. Fue tristeza y felicidad por haber llegado y descarga de tensiones. También fue para asegurarme de que ese paisaje ya no era un sueño. Nunca más. Fue para sacarme de encima el recuerdo gris de todas las oficinas por las que pasamos, de las fronteras y de los trámites. Fue para borrarme de la garganta el recuerdo de aquel cuchillo frío en Colombia, fue para tatuarme en los nudillos una marca que dijera para siempre ¨como no sabíamos que era imposible,lo hicimos¨.

Luego de recorrer durante varios meses los soleados y alucinantes paisajes alaskeños y canadienses volamos a Argentina en donde finalmente, en un atestado aeropuerto como tantos otros en el mundo y en medio de una multitud de rostros anónimos, nos separamos con Flor durante un mes.

Luego de 1007 días fue muy extraño no tenernos. El mundo volvió a ser blanco y negro. La rueda se detuvo. Recordé lo que era el silencio y ya no me gustó. Ella se fue al norte de Argentina a visitar a su familia y a conocer a dos sobrinas que habían nacido durante nuestra ausencia. 

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Y al fin pudimos volver a vivir momentos como éste…

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Perderse en la Patagonia es uno de los grandes placeres de la vida.

Yo volé a Comodoro Rivadavia a reencontrarme con mi gente. Lo que ninguno de los dos esperaba es que surgieran tantas invitaciones para seguir viajando. En los seis meses siguientes cruzamos la Patagonia desde el mar a la cordillera cinco veces con varios grupos de amigos, nos fuimos manejando hasta el sur de Brasil con la familia de Flor y luego también fuimos por tierra a Chile con mi familia. Siete viajes en seis meses. Ni siquiera alcanzamos a desarmar las valijas. 

Y como viajando el tiempo pasa mucho más rápido, antes de poder volver a bajar a tierra nos encontramos otra vez en un aeropuerto. Hoy estamos en Canadá a donde volvimos a buscar a nuestra amada limo viajera y a reencontrarnos con todos los amigos que hicimos el año pasado. Mientras ultimamos detalles de logística para repatriar la limo a Argentina estamos escribiendo la versión completa del libro final. Presenciando algo así como la madurez de un libro que nació en el 2012 en Ecuador y se hizo adolescente durante el 2013 en Guatemala.

Esta versión contará la aventura completa mezclando la urgencia literaria del diario de viaje con la objetividad que nos da la posibilidad de analizar qué fue lo que pasó con América sin limites, buscar explicaciones a lo que jamás lo tendrá y filtrar todo lo que nos enseñó el camino. Escribir es volver a vivir y ahora que la euforia se va aplacando empiezo a entender la dimensión de lo que logramos vos, yo, ella y todos los que aportaron su eslabón en esta cadena que empezó en Comodoro, hizo pie en Ushuaia y llegó una tarde hasta la cima de una montaña en el Denali National Park, allá en Alaska.

Un año después la vida sigue siendo tan intensa como antes y la incertidumbre por el futuro sigue siendo hermosa y enorme. La limo sigue equipada y lista para partir en cualquier momento. Aunque por fuera luce las marcas de todas las batallas que libró y ganó, su corazón late más fuerte que nunca. Igual que nuestros corazones, cada vez que la miramos y sentimos el llamado del camino. Como cada vez que nos miramos a los ojos y recordamos que todos los sueños….son posibles.

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Flor y Lucas, reportándonos desde Canadá. Un año después.

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