Un misterioso y mágico viaje a Cuba (1 de 3)

Como muchos viajeros de nuestra generación hemos volado a Cuba con los pasajes aéreos costeados por ciertos personajes que están en el negocio de enviar maletas a la isla. De hecho ¿van a ir a Cuba con las maletas? suele ser una pregunta muy recurrente en el ambiente. Y sí, nosotros fuimos así. Tan nerviosos y dubitativos que estuvimos a punto de perder el vuelo y de meternos en un gran problema de seguridad aeroportuaria y en una gran deuda. Eso sin contar el posible divorcio debido a uno de los tantos malentendidos con los que iniciamos este viaje extraño, mágico y misterioso a la tan ansiada isla de Cuba. Abróchense los cinturones, que esta vez habrá turbulencia.

Recorríamos la preciosísima, soleada y caribeña riviera maya mexicana nadando entre pececitos de colores y majestuosas tortugas marinas cuando sentimos que ya era hora de avanzar una vez más y llegar al fin a uno de los destinos más esperados de este viaje: la histórica y llamativa isla de Cuba. Nos sacudimos la blanca arena, empacamos nuestras escasas pertenencias en la limo y nos fuimos a la ciudad de Playa del Carmen, donde nos dimos a la tarea de encontrar a uno de estos misteriosos contactos.

IMG_6166Quiso la suerte que nos hospedaran allí Belén y Hernán, una adorable pareja de viajeros argentinos radicados temporalmente en la ciudad, con quienes compartimos unos fraternales días de charlas viajeras, caminatas y mates en la playa. Fue una bendición que nos invitaran a su hogar ya que para los viajeros como nosotros estos sitios tan turísticos suelen ser poco hospitalarios. Todo está previsto para que los turistas puedan vivir experiencias controladas y aventuras empaquetadas en seguros y confortables tours; que seguramente son una buena opción para cuando uno tiene pocos días de vacaciones; pero que a nosotros no suelen ofrecernos experiencias reales de vida, ni profundas charlas ni memorables encuentros como solemos tener en lugares menos previsibles.

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Disfrutando de la preciosa riviera maya

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La limo en las playas de Tulum

tortuga ASL

nadando con tortugas en la playa de Akumal

Así que ahí estábamos nosotros, haciendo vida de jipis en medio de la ciudad cuando caímos en la cuenta de que a un par de cuadras vivía Charly, el más famoso argentino del tema maleteril. Lo fuimos a ver un viernes, el sábado nos citó a una reunión explicativa y nos confirmó la salida para el lunes. Tantos meses preguntándonos cómo sería este asunto y al final todo se resolvió muy rápidamente. El tema es así: en un principio los exiliados cubanos buscaban turistas que estuvieran a punto de ir a Cuba y les pagaban los pasajes a cambio de que llevaran a sus familias maletas con elementos básicos de limpieza, ropa o alimentos que eran muy difíciles, o muy caros, de conseguir en la isla. Una vez allí, los turistas entregaban estas maletas a los familiares del cubano que los había “contratado” y listo, todos contentos. Con el tiempo estas prácticas fueron dando paso a un floreciente comercio de todo lo imaginable y hoy en día es muy común ver a viajeros que cruzan con un par de maletas de 20 kg cada una y con un gesto entre nervioso y feliz. Porque si bien es genial que alguien te pague los pasajes uno nunca está tranquilo acerca del contenido exacto de la carga que lleva. Aunque nos permitieron chequear las mismas para comprobar que sólo contenían ropa, estaban tan cargadas que era imposible revisarlas bien sin vaciarlas y hubiese sido poco menos que imposible volver a acomodarlas tal cual estaban, por lo cual el 90 % del contenido era, para nosotros, un misterio.

Debido al infantil bloqueo comercial que sufre la isla de Cuba este negocio se lleva a cabo desde hace muchos años, tantos que ya se ha institucionalizado y se han aceitado los engranajes de tal forma que todo se reduce a unos cuantos trámites, un par de consejos, un vuelo muy breve y cuando uno se da cuenta ya está en Cuba entregando dos maletas a “un señor bajito, de anteojos con marco rojo y gorra blanca”. Claro que para no perder la costumbre yo compliqué la situación hasta un extremo casi intolerable para los nervios de mi amada Florencia, quien estuvo a punto de volar sola, divorciada y sin dinero hacia la isla.

Nuestra jornada de viaje no empezó bien, lo cual de por si es raro, ya que debíamos abordar un bus a las 9:00 am desde Playa del Carmen rumbo al aeropuerto de Cancún, de donde saldría nuestro vuelo, pero lo perdimos. Ya habíamos pagado los pasajes pero al llegar a la terminal de “ADO” nos encontramos con que el bus se estaba yendo casi vacío, siendo las 8:58 hs, como si fuera un tren japonés, que si está completo sale antes de tiempo. Claro que esto sucedía en Latinoamérica, más precisamente en una de las ciudades más turísticas de todo México en donde los turistas llegados de todos los países apenas saben qué hora es y es sabido que la puntualidad no es el fuerte del rubro turismo en estas coordenadas del mundo. Al acercarnos a la ventanilla a preguntar, el empleado adivinando la queja por nuestra expresión nos recitó de memoria “ay lo lamento ya se fue, pero por cortesía les puedo cobrar el 50 % en su próximo pasaje”. He ahí el negocio queridos conciudadanos, están advertidos. No hay que ser puntuales, hay que llegar antes.

Lo único relevante del aburrido viaje en bus de aquella mañana lluviosa y gris, fue mi magistral interpretación con mímica de un preso tras las rejas (hay que poner ambas manos frente a uno como agarrando dos barrotes, poner carita triste y mirar a nuestra pareja de reojo, que a esa altura ya debe estar al borde del llanto) y luego improvisé una serie de desopilantes intentos de escape imaginarios hasta que Flor dejó de reírse. Ella suele tomarse la posibilidad de ir a la cárcel más en serio que yo.

Una vez en el aeropuerto de Cancún nos sentamos en el lugar convenido para encontrarnos con nuestro maletero, el segundo en la cadena, a quien desconocíamos. Luego de media hora se nos acercó una persona que me preguntó:

-¿usted es Matías?

-No- respondí bostezando

-ok gracias –dijo el desconocido mientras se alejaba

-¿sabés una cosa Flor? Matías y Tomás son dos nombres que la gente suele confundir con Lucas y jamás podré saber el porqué, salvo que los tres terminan en “as”

-aha- respondió Flor con esa mirada tierna que me regala cada vez que supone que estoy volviendo a delirar

El caso es que este simpático mexicano retacón, de andar ligero y pegadito al piso, pasó caminando frente a nosotros al menos 40 veces en el lapso de la siguiente hora, cada vez más nervioso, hasta que me apiadé de él, lo llamé y le pregunté:

-¿vos no estás buscando a un Lucas?

– no no, Matías, Matías…

-¿no querés chequear?

-tá bien, a ver – dijo mientras desarrugaba un papelito que tenía en la mano

-a sí señó, pues figúrese que sí…

-entonces buenos días, somos nosotros- lo saludé mientras miraba a Flor y le decía

Prisoner Holding Cigarette Between Bars

la imagen que Flor no podía quitarse de la cabeza…

-¿viste? ¿viste? – pero ella ya no me respondía, estaba distraída imaginándose presa en el extranjero. Si nuestro contacto apenas podía recordar un nombre ¿cómo podría enviarnos a salvo a Cuba?

Los maleteros estuvieron todo el tiempo con nosotros, de hecho fueron ellos quienes ingresaron las maletas al aeropuerto e hicieron todos nuestros trámites mientras yo me dedicaba a saludar a todas las cámaras de seguridad señalándolos con un dedito como diciendo “¡miren estimadas autoridades aeroportuarias, si me agarran con un kilo de estupefacientes me la dio este señor, vean!”. Lo cual de alguna extraña manera me tranquilizó. Lo siguiente fue despachar las maletas, pagar las visas de turistas de Cuba ( U$s25 c/u) hacer el check-in y esperar a que el vuelo saliera sin mayores sorpresas. Lo cual –como verán a continuación- es más fácil de decir que de hacer.

Me distraje en una vidriera del free shop (tenían unos playmobiles que nunca había visto) y perdí de vista a Flor, a quien busqué infructuosamente durante un largo rato. Al pasar frente a un local de hamburguesas ambientado en los ’50 y musicalizado por antiguas grabaciones de Chuck Berry no pude evitar la tentación y entré a almorzar. El lugar era genial, como un viaje al pasado con banda de sonido incluida, por lo que mi almuerzo se extendió tanto que al final, mientras pagaba, le pregunté la hora al simpático mesero (viajo sin reloj desde hace 580 días) y caí en la cuenta de que para ese momento mi avión ya debería estar a mitad de camino volando sobre el caribe. ¡Ouch!

Subí corriendo al primer piso y busqué la puerta de embarque, que como siempre en estos casos resultó ser la 987764 que queda casi al otro lado del mundo. Al llegar esquivé al trote a tres bigotones trajeados que me gritaban ¿Ud es Cárdenas? ¡Ya cerramos el vuelo! ¡Ya bajamos sus maletas! ¿en dónde estaba? ¡Vuelva, su avión ya se fue! mientras yo los saludaba sonriente como si me hablaran en ucraniano y seguía corriendo por la manga, con la angustia de quien se muere y espera ver la luz al final del túnel. Mi luz era un Boeing 747 color cremita.

Mientras corría como poseído por mi mente chocaban de frente miles de pensamientos terribles: ¿Flor habrá embarcado o habrá pensado que me detuvieron como ella tanto temía y bajó a rescatarme? ¿y si se bajó al ver que yo no llegaba? Si alguien aborda un avión y antes de despegar se quiere bajar hay que seguir un protocolo de seguridad y revisar nuevamente el avión, lo cual suele ser un caos, al margen de que no es tan fácil poder bajarse ¿y si es verdad que bajaron mis maletas, cómo le explico al cubano cuando llegue que volé sin sus cosas? Si pierdo el vuelo no tengo ni tiempo ni dinero para pagar tantos pasajes y además Flor llegaría a Cuba sin dinero ya que quedó en mi mochila. Al final eran re lindos los playmobiles. Tengo que aflojarle a las hamburguesas, ya estoy cansado y el avión parece cada vez más lejos ¿puedo ser tan boludo como para perder un bus y un avión el mismo día?

Al doblar derrapando una curvita a la izquierda pude ver la bendita puerta del avión que ya se iba cerrando. Pensé en tirarme volando de palomita para aterrizar en el marco y al menos meter una mano para evitar que me dejaran, pero pensé que los aviones apenas guardan similitudes con los ascensores y bien podría yo perder unas cuantas falanges al intentarlo, así que sólo atiné a gritar un gracioso ¡hoooola! La azafata se dio vuelta sorprendida, me esperó un segundo y alcancé a entrar ¡Slam! Rugió la puerta tras cerrarse a mis espaldas. Es la segunda vez que me pasa en la vida. Voy a tener que conseguirme un relojito.

#Continuará en “Un extraño, mágico y misterioso viaje a la isla de Cuba (parte 2)”

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Ahora sí, Cuba estaba cada vez más cerca…

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4 Respuestas a “Un misterioso y mágico viaje a Cuba (1 de 3)

  1. Hermanooss!!! como andan!!! me alegro mucho la verdad que hayan podido cruzar!!! yo llegue en moto junto a un gran amigo y compañero de viaje, y cruce a la isla de la misma manera que ustedes!!! una gran aventura!!! disfruten de cuba y su gente!!!! que tengo lindos recuerdos de alla!!.. Un abrazo grande y mucha suerte! Leo.

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