Costa Rica, una rica costa

Fieles a nuestro estilo viajero nos dejamos llevar una vez más por las sorpresas del camino y nos quedamos a vivir en la tierra del eterno verano durante dos meses. Tuvimos un hostel, cruzamos el mar, nos convertimos en pescadores y sobrevivimos a un diluvio. Lo de siempre… 

Manzanillo es el pacífico pueblito del que nos enamoramos al llegar a Costa Rica, vivimos allí dos semanas y justo cuando calentábamos motores para volver a la ruta recibimos una propuesta de unos amigos “Ticos” (como llaman a los costarricenses) dueños de un hostel playero. Debido a una emergencia debían viajar durante un mes a San José, la capital del país, y querían que nos quedáramos a cargo del lugar. Como una de las premisas del viaje es aceptar los desafíos y probar cosas nuevas, antes de darnos cuenta teníamos un hostel y una pizzería en nuestras manos. Alaska podía esperar.

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Luego de un año de vida nómade volvimos a tener una especie de rutina y a vivir de acuerdo al sol, como los lugareños. La jornada empezaba muy temprano con un chapuzón en el caribe y luego nos convertíamos en chef y barman respectivamente mientras charlábamos con los clientes y viajeros en esa extraña mezcla de idiomas, señas y miradas que se aprenden en los caminos.

Una tarde decidimos hacer una travesía navegando a vista de costa hasta Gandoca, un pueblito vecino que recién está empezando a figurar en los mapas turísticos gracias al avistaje de las gigantescas tortugas Baulas, que salen a desovar en sus playas.

Fuimos remando en paddleboards, una versión moderna de las primitivas balsas unipersonales con las que se desplazaban los nativos de la zona. Descendimos hasta el mar a través de un río tapizado de flores flotantes y rodeados de monitos aulladores que nos acompañaban desde la verde espesura de la selva.

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Ya en tierra firme nos recibieron Adolfo y su extensa familia, descendientes de la combativa etnia Bribrí, quienes nos invitaron a pescar y recolectar camarones ya que arribamos justo en plena temporada de bonanza. Compartimos con ellos un par de jornadas en las que nos enseñaron el difícil arte de lanzar la atarraya, que es la red de pesca artesanal y conocimos la enorme variedad de especies que capturan. Sólo conservan lo que van a consumir en el día y devuelven a los peces pequeños sanos y salvos mientras les hablan y los despiden con un “hasta la próxima”. Aunque a  los tiburones los devuelven en una playa alejada.

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El respeto por su entorno es admirable y es justamente este conocimiento y esta forma de vivir lo que les ha permitido subsistir durante siglos en un entorno tan rico y peligroso a la vez. Son todo un ejemplo.

Con nuevas enseñanzas y nuevos amigos nos despidió el caribe sur. Ahora sí, a calentar motores para una nueva etapa: Nicaragua… allá vamos!

 

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